Historia de Datos: Lo que los trabajadores informales realmente valoran

Banco Mundial

América Latina y el Caribe lleva casi dos décadas con el 55% de sus trabajadores en la informalidad. Sin embargo, la informalidad no es un bloque homogéneo. Agrupa a los asalariados informales, que suelen ser jóvenes con baja permanencia en sus empleos y más expuestos a distorsiones como salarios mínimos o altos costos de contratación, y a los trabajadores por cuenta propia, que tienden a ser mayores y permanecen en el sector durante años. Cada grupo responde a una lógica distinta.

Mientras los enfoques tradicionales suponen que estos trabajadores están excluidos de empleos formales, el informe Racionalizar la informalidad muestra que eso es solo parte de la historia. Los asalariados informales sí muestran señales de exclusión, pero el grueso del sector, el autoempleo, responde a otra lógica: la de una elección racional. Lo explicamos en tres historias de datos.

«Ser el dueño de su propio puesto de arepas puede ser preferible a la agotadora rutina de lavar platos como trabajador asalariado en un restaurante formal.»

La tasa de informalidad varía entre el 10% en Europa y Asia Central y el 80% en Asia del Sur y África Subsahariana. En América Latina y el Caribe, se ubica en torno al 55%, en el medio.

Esa cifra no se movió en décadas, a pesar de políticas para facilitar el registro de microempresas, o bajar los costos de contratar formalmente y ofrecer programas de amnistía por violaciones laborales previas.

Sin embargo, los distintos sectores del mercado laboral cumplen roles muy diferentes, a lo largo de la vida. Los trabajadores asalariados informales son jóvenes y su participación declina sostenidamente con la edad. El sector funciona como punto de entrada y búsqueda.

El autoempleo, cuentapropismo, crece significativamente en edades avanzadas.

Las tres historias de datos que siguen muestran (1) que algunos trabajadores informales valoran la flexibilidad y la autonomía; (2) el verdadero costo de los beneficios formales; y (3) cómo el crecimiento puede generar la demanda de más empleo formal.

1. El valor de ser tu propio jefe

Para millones de trabajadores en la región, el cálculo que inclina la balanza por el autoempleo informal incluye algo que no aparece en ningún recibo de sueldo: el control sobre su propio tiempo y la libertad de ser su propio jefe.

Esto se puede ver en los datos. Un nuevo análisis realizado para este reporte en siete países de la región (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, México y Perú) pidió a trabajadores elegir entre empleos hipotéticos que variaban en salario, horarios y grado de independencia. Sus respuestas revelan que los trabajadores por cuenta propia valoran la flexibilidad, la independencia y las demás ventajas del autoempleo y estarian dispuestos a resignar hasta la mitad de sus ingresos para obtener un trabajo con estas características.

Los trabajadores eligen empleos según lo que valoran. Los trabajadores informales que ya disfrutan un nivel alto de flexibilidad y autonomía disfrutan esos atributos más que quienes no los tienen.

Quienes ya tienen horarios flexibles pagarían hasta 20% de su sueldo para no perderlos. Y quienes tienen alta autonomía, y el poder de decidir qué hacer, cómo y cuándo, están dispuestos a sacrificar hasta un 26% de su salario para conservarla.

Los trabajadores por cuenta propia que son microempresarios se comportan en la región de manera similar que sus pares de países desarrollados: Casi dos de cada tres emprenden por oportunidad.

2. Un impuesto escondido

¿Cuánto vale realmente la promesa de la formalidad? Un buen empleo es más que un ingreso: es dignidad, propósito y el camino más seguro para salir de la pobreza. La protección social que acompaña al empleo formal debería ser parte de ese paquete. Pero en América Latina esos beneficios pueden costar mucho más de lo que los trabajadores los valoran, en parte por falta de información y en parte porque no siempre les sirven.

Esa brecha entre costo y valoración funciona como un impuesto escondido sobre la formalidad: encarece la contratación formal y, en el cálculo de muchos trabajadores, inclina la balanza hacia la informalidad.

Los beneficios del trabajo formal tienen costo alto entre lo que paga el empleador y lo que se descuenta del salario del trabajador. Pueden costar hasta el 60% del salario mínimo en Perú.

Sin embargo, los trabajadores informales los valoran muy por debajo de ese costo.

Esa diferencia entre lo que cuestan los beneficios y lo que valen genera un impuesto implícito a la formalidad de alrededor de 32% del salari en Brasil, Colombia y Perú.

Solo en Chile el número es negativo, y los beneficios del trabajo formal valen más a los ojos de los trabajadores.

Eliminar ese impuesto a la formalidad ayudaría a abaratar la contratación formal y mejorar el entorno de negocios. Pero las políticas que solo buscan formalizar trabajadores o simplificar el registro de empresas tienen impacto limitado. Avanzar exige invertir en habilidades y ayudar a crecer a las empresas productivas.

3. El desafío es crecer

El nivel de autoempleo no es una anomalia latinoamericana: es parte del proceso de desarrollo. Su peso en la fuerza laboral cae de manera sostenida a medida que las empresas formales más grandes se vuelven más productivas y ofrecen mejores empleos. El mayor obstáculo para el crecimiento y la creación de buenos empleos no es la existencia de microempresas informales: es el escaso dinamismo de esas empresas formales más grandes.

El porcentaje de trabajadores en autoempleo en cada país cae a medida que aumenta el ingreso.

El patrón se repite dentro de la historia de cada país: a medida que las economías crecen, el autoempleo se reduce.

América Latina está donde estuvieron Japón, Corea del Sur y Portugal.

Lo que reduce la informalidad de manera sostenida es el crecimiento de esos emprendedores en sectores como la agroindustria, el turismo, la manufactura o la energía, y las condiciones que lo hacen posible: mejores habilidades en la fuerza laboral, un entorno regulatorio que permita a las mejores empresas alcanzar su potencial, y sistemas de protección social que los trabajadores genuinamente valoren.

Cuando eso ocurre, el resultado se mide en personas: más y mejores empleos, ingresos más estables y oportunidades reales en las comunidades donde la gente vive.

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