Amparito Pico: Una vida dedicada a la poesía y la declamación

Por Alexis Sánchez Miño

A Amparito la conozco desde hace poco más de medio siglo. Nos iniciábamos apenas en la aurora de la juventud cuando acudíamos al grupo cultural juvenil Jesús Gualavisí. Allí vivimos la extraordinaria experiencia de nutrirnos de las enseñanzas del polímata ambateño Reinaldo Miño Vaca —médico, luchador social, historiador, poeta y orador formidable—, quien nos deslumbró con su arte y erudición. Así descubrimos a García Lorca y a Miguel Hernández, a Neruda y a Nicolás Guillén, a César Dávila Andrade, Euler Granda, Jorge Carrera Andrade y a tantos otros. Amparito fue, en aquel colectivo, la alumna más aventajada del maestro en la disciplina sublime de la declamación.

Aquella niña que años antes, casi por casualidad, recibió de su profesora el encargo de recitar el poema Navidad para un acto escolar —al que siguieron otros versos aprendidos durante la escuela y los primeros años del colegio—, halló su conexión definitiva con la poesía en ese centro cultural, de la mano de un verdadero formador de juventudes.

En este largo trecho de vida no recuerdo un solo encuentro con ella en el que no me haya brindado su cálido abrazo y su amplia sonrisa, matizados por una inquebrantable buena energía. Sin importar que los avatares de la vida, ataviados de dolor o infortunio, la hubiesen golpeado, ella ha permanecido siempre envuelta en el aura maravillosa y la fuerza espiritual que le otorga la poesía: ese torrente de cristal y fuego que fluye más allá del sentido literal de las palabras para descubrir, en plena sinergia, emociones y sentimientos que lo abarcan todo. Una lírica en cuyas aguas navegan, con igual belleza arquimediana, el romanticismo del amor, el eco de la alegría, el peso amargo del dolor humano y, cómo no, la fuerza inspiradora de la denuncia social y la esperanza.

Sin embargo, este torrente infinito parecería limitado y contenido si solo habitara en los libros o en papeles inéditos. La ansiada magia sucede en el instante en que la voz y la gesticulación humana lo liberan en un acto que cautiva y conmueve. La poesía solo alcanza su plenitud cuando la declamación la interpreta, la modula y la exalta, convirtiendo la palabra escrita en una emoción viva que atraviesa el alma.

Así lo entendió Amparito desde temprana edad, y por ello ha dedicado buena parte de su vida al culto de la poesía y a la práctica de la declamación. Su extraordinaria memoria atesora, con un dominio que impresiona, decenas —si no centenas— de poemas escogidos. Su repertorio abarca desde los grandes maestros antes citados hasta Pushkin, Benedetti, Carilda Oliver Labra, Dolores Veintimilla de Galindo, Pedro Reino y el propio Reinaldo Miño Vaca. Esta poesía cobra majestad y vida en su voz firme y envolvente, con la cual —sumando también obras de su propia autoría— ha compartido su arte en encuentros literarios de Argentina, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, México y Rusia.

En su ciudad natal, Ambato, Amparito se ha convertido en un referente cultural insustituible. Lo es no solo por su activa participación en colectivos poéticos, sino por su labor como auténtica gestora de la cultura: siempre dispuesta a orientar de manera incondicional cualquier iniciativa literaria, sin reconocer barreras e impulsada por el entusiasmo de respaldar a quienes empiezan a recorrer el exigente sendero de las letras.

Destaca con especial énfasis su labor pedagógica con niños y adolescentes, a quienes inculca el amor por la lectura de forma amena y práctica. Desde la experiencia propia y con un fino gusto literario, les imparte talleres de expresión oral, lectura comprensiva, liderazgo y autoestima, contagiándoles de manera natural, casi magnética, el amor por la poesía.

Que esta devoción por las letras y la declamación, entregada por Amparito con calidez y sin reservas, continúe enriqueciendo el acervo cultural de su cuna montalvina; y que su amistad sincera, solidaridad y vocación de servicio sigan sembrando en las nuevas generaciones la semilla para descubrir el tesoro inagotable de la poesía.

Porque mientras existan voces como la de Amparito Pico Medina, capaces de encender el verso silente y transformarlo en galopante latido colectivo, la poesía no será solo un recuerdo escrito del pasado, sino un refugio vivo y ardiente de la dignidad, la belleza, la memoria y la esperanza de nuestro pueblo.

Related Articles

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Stay Connected

3,912SeguidoresSeguir
0SuscriptoresSuscribirte
- Advertisement -spot_img

Latest Articles