Iván Oñate / Poeta ecuatoriano
El filósofo francés Giles Deleuze, decía que el papel de la filosofía era crear conceptos, el de la ciencia precisar funciones y el del arte: crear afectos y admiraciones. Sin lugar a dudas, “Pincelazos de la memoria“ de Amparo Pico Medina es un libro de profundo cariño y admiración al Arte. Al Arte en todas y cada una de sus expresiones: pintura, escultura, música, escritura, teatro, declamación, danza, pero sobre todo a una de las artes que salva al género humano: el arte de la amistad. Viajera incansable, Amparito Pico Medina, ha desplegado en sus viajes por el mundo su talento y simpatía. Eso —como lo comenta alguien en su texto—la convierte en nuestra mejor embajadora cultural. No se puede, parafraseando a Deleuze, ser una gran embajadora cultural si no existe cariño y admiración por el arte.
El por siempre admirado y ya fallecido filósofo rumano E. M. Cioran decía en alguna parte de su Breviario de podredumbre: «Muchas veces he soñado con un monstruo melancólico y erudito, versado en todos los idiomas, íntimo de todos los versos y de todas las almas, y que errase por el mundo para nutrirse de venenos, de fervores, de éxtasis, a través de las Persias, las Chinas, las Indias muertas, y las Europas moribundas, muchas veces he soñado con un amigo de los poetas que los hubiera conocido a todos por desesperación de no ser de los suyos». En “Pincelazos de la memoria”, encontramos todo lo contrario. Descubrimos a una poeta, a una artista de la vida, del escenario y del texto, a una poeta genuina que por profundo cariño y admiración al arte, quiso ser y lo logró con creces: ser una generosa amiga de los artistas.



